divendres, 16 de juliol de 2010

Una estación cubana

El 4 de noviembre de 1860, la polacra Regenerada partía del puerto de Barcelona con rumbo Sur, destino La Habana. La polacra era un tipo de embarcación común en el Mediterráneo, con gran capacidad de carga y tres palos distribuidos en sus 26 metros de eslora. La Regenerada estaba capitaneada por Francisco Sust, llevaba 13 hombres de tripulación, 11 pasajeros y una carga de vino y frutos. El diario de navegación reflejó los “acaecimientos” que cada día era relevante consignar. En cada hoja, el capitán anotaba hora por hora el rumbo que marcaba el compás, el viento dominante y otros datos de navegación. El día 41 de navegación el diario de a bordo contenía esta anotación:

“Gobernando por el rumbo anotado en la tablilla, marcamos al dar inicio a esta singladura con todo aparejo de cruz y volante de banda y banda con mar amontonada del 1º y 2º qq, atmosfera muy densa y chubascosa, a las 2 por un claro avistamos tierra por el través de babor y es la isla de Sto. Domingo, su costa del Norte y no hemos podido reconocerla bien por estar muy cargado de chubascos, al finalizar la tarde se ha despejado un poco la costa y reconocimos el cabo viejo francés y nos demora por el portalón de babor a la larga distancia a las 5,30 horas marcamos dicho cabo a S 73ºO y nos situamos en Lat 19º45’N y Lgo 63º19’O.”

Tras superar la isla de la Tortuga en Haití, la Regenerada avistó tierra cubana y anotó el paso por Punta Majona, el Yunque o Cayo Piedras antes de avistar la farola del puerto de La Habana. El 21 de diciembre, 47 días después del inicio del trayecto, un vapor remolcó al interior del puerto a la polacra catalana. Terminaba así un periplo largo y monótono con pocas comodidades y con el único aliciente para los pasajeros de anotar el estado de la mar y las variaciones del tiempo.
Así viajaban los emigrantes españoles en aquellos días en que Cuba era todavía la joya de los restos del imperio que formaba con Puerto Rico y Filipinas. La emigración catalana a Cuba era muy numeros y provenía mayoritariamente de los pueblos de costa que habían conseguido el derecho a navegar directamente a la isla a finales del XVIII, cuando se abolió el monopolio del puerto de Cádiz.
La Habana era en aquel principio del siglo XVIII una ciudad populosa, con muchas calles sin empedrar y donde se levantaba el polvo con facilidad. El calor presidía la jornada habanera y los vecinos gustaban de pasear al caer la tarde, cuando la brisa marina refrescaba las calles. Los más adinerados usaban calesas conducidas por esclavos negros que vestían pintorescos uniformes con pantalones blancos, chaqueta de un color rojo o azul y sombrero negro.
La esclavitud en Cuba formaba parte de la cotidianeidad, a pesar de que en 1820 se había firmado un tratado con Inglaterra para su abolición. La trata era más peligrosa porque los barcos ingleses acechaban a los buques negreros, se incautaban de la carga e imponían sanciones. Se dieron casos de capitanes que arrojaron al mar a todos los esclavos ante la presencia de un barco inglés. Aun así, la trata continuó estimulada también por el gran mercado del Sur de los Estados Unidos, donde también se mantenía con toda vigencia. En descargo de los españoles, se decía que el trato de los esclavos en Cuba era mejor que en la Luisiana o que en las colonias inglesas. Los esclavos, en algunos casos, podían comprar su libertad con su trabajo y comprar también la libertad de su mujer y sus hijos, así como tener propiedades.
La presencia de estos hombres negros libres sin duda inquietaba a muchos de los que creían firmemente en la superioridad de la raza blanca. Quizá por ello existía en La Habana un estado de opinión un tanto histérico en relación a la inseguridad y a la responsabilidad de los negros en la comisión de crímenes. El municipio llegó a redactar un Reglamento para regular el comportamiento de negros en el que se establecía que no podían circular de noche sin portar un farol bajo pena de multa.
Según la ubicación física o dedicación del pardo o moreno liberto recibía diversos nombres. Así, el curro del manglar era un habitante de extramuros pobre y marginal; el mataperro era un personaje que deambulaba por las calles de la ciudad y que tenía en el juego su principal debilidad; vinculados al juego estaban también el gallero y el gurrupeé, encaragado este último de ayudar al banquero en el reparto de cartas en el juego del monte, por lo que el substantivo provenga de la corrupción de la palabra francesa croupier. Pero sin duda el más célebre grupo al que se atribuían las más variadas actitudes violentas fue el de los ñáñigos. Esta sociedad secreta formada por esclavos y sirvientes del barrio de Belén pretendía poner un orden propio en un contexto opresivo y arbitrario. Los ñáñigos se comprometían a tratar humanamentes a sus propias familias y a solidarizarse con el resto de miembros de la secta cuando entraran en problemas. Por ello era un ambiente atractivo para un delincuente que buscara cierto amparo o apoyo, aunque esta no era la naturaleza íntima de la organización ñáñiga.
Los catalanes emigrados a Cuba se especializaron en el comercio minorista la mayoría y algunos al por mayor. Estos últimos fueron los que acumularon grandes fortunas, en especial cuando conseguían monopolizar el comercio de algún producto. Fue el caso de Salvador Samà, que importaba la mitad de los vinos catalanes que se vendían en Cuba o de Josep Xifré, que monopolizó el comercio de pieles.
Algunos se vincularon a la producción de azúcar en cuanto pudieron y los poco escrupulosos dieron el paso de introducirse en el comercio de esclavos para las plantaciones. Fue el caso de Josep Baró Blanxart, natural de la localidad de Canet de Mar. Los recién llegados desafiaron con su ímpetu el estado de cosas vigente en Cuba, dominada por la llamada sacarocracia criolla, las familias que habían acumulado la propiedad de las plantaciones e ingenios. El azúcar era el motor de la economía cubana y se vio enormemente reforzado con la revolución de los esclavos haitianos, que sacó del mercado al principal actor del mercado, la colonia francesa de Saint Domingue.
El empuje de los catalanes encontró un importante apoyo en el capitán general Miguel Tacón, llegado a la isla en 1834 por designación del gobierno liberal. Tacón era un ayacucho, un militar que había perdido en confrontaciones con independentistas latinoamericanos. Él había sido gobernador de Popayán, en la actual Colombia, y sufrió una derrota que le empujó hasta el virreinato del Perú. Con la herida todavía fresca, a su llegada a La Habana quiso dejar las cosas claras en la ceremonia de recepción que se le dedicó. Estaban representados los principales personajes de la ciudad y él mismo ordenó que los representantes de las familias criollas de largo arraigo y poder económico fueran situadas en segundo término. En primera fila puso a los comerciantes, catalanes muchos de ellos, que habían llegado en los últimos años y a los que los criollos llamaban despectivamentes tenderos. En la visión política de Tacón, la alianza con este sector recién llegado debía contener las aspiraciones independentistas que albergaban los criollos envalentonados por su éxito económico y por la proximidad de la naciente potencia norteamericana. Los comerciantes que se agruparon entorno al Capitán General serían conocidos con el tiempo como la camarilla de Tacón y uno de sus trazos distintivos era el acceso a negocios vinculados con la administración española, como el suministro de bienes y servicios para las tropas.
Canet de mar también era el pueblo desde el que partió hacia Cuba Gaspar Busquets Xícara, un ex seminarista que se había casado con una ex novicia, Francisca Llinàs Pla. Busquets había desempeñado el oficio de panadero con un establecimiento propio en la calle principal del pueblo. En La Habana se dedicaría a la misma actividad con la ayuda de sus hijos Josep, Mariano, Francisca, Joan y Dolores Busquets Llinàs.
Los Busquets progresaron en Cuba cuando idearon un método de elaboración del pan que lo hacía más resistente a la humedad ambiental y lo conservaba en buen estado por más tiempo. Además, elaboraban el pan a diario, lo que era una novedad en la ciudad, y tejieron una red de panaderías en La Habana que rompió el mercado preexistente. En 1862 entraron en el negocio de la importación de harina tratando directamente con vendedores de los Estados Unidos. Esto acabó de un plumazo con la competencia que trabajaba con abastecedores españoles, más lentos y más caros. El ascenso definitivo de los Busquets en el mundo del pan en Cuba lo propició la concesión del abastecimiento de pan para el ejértico español, con lo que se confirmó la vía monopolista hacia la riqueza que caracterizó a la emigración catalana. Su éxito en los negocios halló un complemento social en las responsabilidades que asumieron los hermanos Buquets en la Sociedad Benéfica para los naturales de Cataluña, que socorría a los desaventurados.

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