dimecres, 4 d’agost de 2010

Manuel Busquets y El Diluvio


Elisabet de Lasarte Pérez

La vida de la prensa en Barcelona en el cambio de siglo podía ser muy agitada. La libertad de prensa estaba muy lejos de ser un hecho, pues el gobierno ejercía una férrea vigilancia que se traducía en cierres judiciales de periódicos cuando lo consideraba oportuno. El caso más paradigmático de este estado de cosas era el del editor Manuel de Lasarte Rodríguez Cardoso. Había empezado con el diario El Telégrafo en 1858 junto a Ferran Patxot, su cuñado, que ejercía sobre él una cierta tutoría intelectual. Patxot murió al poco tiempo y El Telégrafo tomó en manos de Lasarte un color republicano y federalista que iba en consonancia con la evolución ideológica de su editor, que se identificó plenamente con la revolución liberal de 1868 que derivó en la I República española.
Este periodo republicano duró apenas dos años y los republicanos federalistas volvieron a la oposición. Esto significó la vigilancia estricta por parte del poder de la prensa que pudiera asociarse a este color. Era el caso de El Telégrafo, que vivió numerosas suspensiones judiciales que el editor salvaba cambiando la cabecera de la publicación. Así, El Telégrafo pasó a llamarse en distintos momentos El Principado, La Imprenta, Crónica de Cataluña, La Crítica, El Látigo, El Teléfono y el Coliseo Barcelonés.
El 10 de febrero de 1879 el diario se volvía a encontrar en la misma situación, que de tan reiterada aparecía grotesca. El fiscal autor de la suspensión del periódico era Mariano de la Cortina y en la redacción del diario apostaron por una nueva cabecera que aludiera directamente al fiscal, querían titularlo La Cortina. No pudo ser, el funcionario del juzgado se opuso a la chanza y afirmó que continuaban en esa línea un diluvio se armará. La frase, pillada al vuelo por Josep Laribal, que representaba al periódico en ese acto, dio lugar al sorprendente nombre.
Así fue como nació una cabecera que iba a tener un gran impacto social en la ciudad de Barcelona en las siguientes décadas. Manuel de Lasarte tenía tan interiorizada esta lucha que la incorporaba como argumento literario en los folletines que escribía para el mismo periódico. Así, en la novela Dos Mundos podía encontrarse un párrafo como este:

Prohibida la publicación de El Arte como lo había sido la del Progreso Ilustrado, había Ricardo abandonado la idea de tener un periódico. Conoció que esta era su parte flaca y no quiso que sus enemigos tuviesen nuevas satisfacciones. Además, había realizado en gran parte su objetivo. El núcleo que se había propuesto formar lo estaba ya, y se había creado la sociedad de artistas jóvenes, cuya organización parecía antes imposible. De este movimiento habían surgido varias ideas y los hombres de la antigua escuela se veían combatidos no ya por un semanario ilustrado, sino por un diario político que les presentaba batalla, no solo en el terreno del arte sino en todas las esferas. Parecía como que había amanecido en el horizonte la aurora de un renacimiento y el público tomaba interés en las polémicas que se entablaban.

El Diluvio era un periódico que se dirigía a las clases populares, las que veían en la proclamación de la república una forma de superar el sometimiento a la vieja aristocracia y la nueva burguesía, que adquiría títulos nobiliarios a medida que la corona lanzaba sus lazos para afianzar su poder. También tenía que ser una forma de superar el sometimiento a la Iglesia Católica, aliada de la monarquía y del poder, que se dirigía a los fieles en latín e imponía su voluntad en la España rancia de fin de siglo.
El Diluvio tenía en el anticlericalismo otra de sus señas de identidad y en sus páginas se publicaban a menudo historias inejemplares de la Iglesia, en las que los redactores se tomaban licencias para especular y hacer juicios de intenciones.

Los crímenes del clericalismo
El secuestro de María Riu por parte de elementos clericales no puede ser más evidente. Aquí no valen negativas ni tienen valor alguno los sofismas. Es un hecho probado judicialmente que la muchacha fue arrancada del hogar paterno, conducida a Barcelona por una mujer desconocida, llevada al convento de Bellesguart con engaño y allí encerrada por fuerza a pesar de sus protestas. El sectario clerical que pretenda esto negar, que no faltará alguno, puede dirigirse al juez de instrucción del distrito de Universidad, señor Zamora, y corroborar de este modo el infame atropello, el falaz secuestro del que ha sido víctima la joven María Riu.
¿Quiénes son los autores de esta infamia? Esto es lo que incumbe averiguar. Pero danza en todo esto la gentuza clerical; el párroco de Ribas; una doña Rosa Rafel, que, por lo visto, debe ser una cucaracha de sacristía; una tal sor Consuelo, superiora del convento de Bellesguart; todo lo cual induce a creer que a estas horas tales gentes y sus amigachos habrán llegado al despacho de los obispos Casañas y Cortés y estos, a su vez, habrán puesto en ejercicio toda la fuerza de su poder, que es grande, lo mismo en los asuntos civiles que en los eclesiásticos, para que nada les suceda a los delincuentes que arrancaron a una joven de los brazos de su padre y con engaño y violencia la encerraron en un convento.
Ignoramos nosotros lo que respecto a este particular ha hecho el juez señor Zamora; ignoramos asimismo lo que se propone hacer. Por ministerio de la ley nos está vedado averiguarlo, de la propia manera que tampoco podemos dirigirle exhortaciones ni menos consejos; más no faltamos a ninguno de los preceptos del derecho escrito y ejercitamos un derecho natural, si decimos que nosotros en lugar del juez hubiésemos mandado que viniera el párroco de Ribas, para que nos explicara aquella su farsa de enviar a María “a un pueblo cercano a barcelona donde serviría a un cura a,migo del de Ribas”, para que nos dijera qué mujer es esa doña Rosa Rafel, quien la llamó a Ribas, quien la pagó el viaje de ida y de regreso en unión de la muchacha y así también las instrucciones que diera a tal mujer. (El Diluvio 1-1-1904)

Con todo, el punto más fuerte del periódico era el de la denuncia ciudadana del mal funcionamiento de los servicios municipales que periódicamente se convertían en campañas sostenidas en reclamo de alguna reivindicación. La que dio más fama al periódico en sus inicios fue la que reclamaba la retirada de un impuesto municipal al consumo de gas, lo que consiguió para regocijo de sus lectores. Pero el martilleo de denuncias ciudadanas era incesante y abarcaban desde el detalle más nimio hasta la gran política fiscal municipal, todo ello sazonado con ataques gratuitos y críticas más o menos razonables.

A consecuencia de las últimas lluvias y dado el abandono en que tiene sumido nuestro Ayuntamiento las carreteras y calles del Ensanche y afueras, hállanse unas y otras en estado lastimoso e imposible de transitarlas.
Parece que, en vista de las numerosas quejas presentadas, el alcalde ha dispuesto que las brigadas procedan a limpiar algunas calles del Ensanche y de las barriadas agregadas. (El Diluvio 1-1-1904)

El alcalde y sus compadres
El hecho de haber los concejales republicanos dejado sin amparo al concejal señor Bastardas ante los desplantes y las amenazas del alcalde, durante la sesión de anteayer, puede afirmarse que fue el tema de las conversaciones entre políticos durante el día de ayer, comentarios de los que salían mal librados los correligionarios y compañeros del señor Bastardas. (El Diluvio 29-10-1904)

La gran castaña
Sí, la gran castaña es la que trata de dar el Ayuntamiento a los barceloneses. Y la superchería que se ha urdido es tan enorme que dará quince y raya a las más burdas farsas tramadas por los Ayuntamientos que constituía el caciquismo. Nos referimos al anómao hecho ocurrido en la sesión de anteayer de que las tarifas de Consumos quedaran aprobadas sin que se leyeran para que el público pudiera conocerlas y sin que fueran discutidas. ¡Hasta los ediles acostumbrados a hablar por los codos y que aprovechan todas las ocasiones para halagar a las gentes que no ven más allá de sus narices, sacando a relucir el sobrado repertorio de frases como “el hambre del pueblo”, “las privaciones de la clase obrera”, “la miseria que aflige a los proletarios” y otras por el estilo se callaron como unos muertos. ¿Por qué?
Dícese que en este mundo no hay santo sin misterio, ni farsa que no entrañe un propósito, y como estos aforismos son más ciertos que el Evangelio, diremos sin ambajes ni rodeos que la grave anomalía que representa el que fueran aprobadas las tarifas de Consumos sin que fuesen conocidas –conocimiento mucho más necesarios después de haber sido rechazado el aumento de los vinos- ni discutidas, deja entrever en los concejales el propósito, con objeto de evitarse las silbas de la opinión, de engañar miserablemente a Barcelona, poniendo su prestigio personal por encima de la sinceridad que debe adornar a todo individuo que administra intereses ajenos.
La cuestión es clara y sencilla: sabido es que con motivo del libre consumo de las harinas el Ayuntamiento desde el 1º de Enero dejará de percibir 830.000 pesetas anuales, enorme cantidad que se convertirá en déficit –viniendo a aumentar el ya crecido que pesa sobre el municipio- y no se pone en práctica uno de los dos sistemas: o aumentar impuestos y crear de nuevos o establecer economías. La última solución ni siquiera fue tomada en consideración por los concejales, cosa de lo más natural desde el momento en que los más conspicuos, en amigable consorcio con el alcalde, diariamente recargan la nómina municipal dando credenciales a sus paniaguados. En cuanto a lo de recargar los impuestos en proporciones suficientes y sobre los artículos que ofrecen rendimiento, para que la compensación por la falta de ingreso por las harinas sea real y efectiva, tampoco lo quisieron poner en práctica para no arrostrar una justa impopularidad, desde el momento que se ha prescindido de las economías.
¿Qué hacer, pues? Lo único que podían: engañar al público aprobando unas tarifas casi iguales al año anterior, pues según tenemos entendido solo se introducen pequeñas alteraciones en la cerveza y la sal, guardándose en el buche que desde 1º de Enero el déficit diario del Ayuntamiento aumentará en 2.000 pesetas, ya que el ingreso que hoy proporcionan las harinas no habrá sido compensado ni economizado ni recargando los impuestos ni arbitrios. ¿Se quiere, pues, farsa más burda? (El Diluvio 12-11-1904)

En 1901 murió Manuel de Lasarte Rodríguez Cardoso y el periódico quedó en manos de su hijo, Manuel de Lasarte Arán. Éste era de un carácter bien distinto al de su padre. No era aficionado a la escritura ni tenía tampoco carácter emprendedor. Según algunos contemporáneos, su papel era más bien el de un rendista que esperaba que el negocio simplemente supliera las necesidades de la familia propietaria, lo que al parecer se conseguía holgadamente.
Manuel de Lasarte se había casado unos años antes con Maria Àngels Busquets George cuando esta contaba apenas 20 años. La joven pareja se vio un tanto abrumada por la responsabilidad del periódico y pidió auxilio a la familia de ella. La persona que se encargó de apoyar a la empresa del Diluvio fue Manuel Busquets George, que coincidió con la compra de la primera rotativa del periódico, que llegó en julio de 1904.
Su gran aportación al contenido del periódico fue la edición de un suplemento semanal ilustrado que se publicaría los sábados. Los primeros empezaron a salir en el mes de septiembre de 1904 e incorporaban unos dibujos satíricos espectaculares en la portada y en las páginas interiores. La fuerza de la imagen y la composición eran la apuesta de Manuel Busquets para competir en un contexto de periódicos como Diario de Barcelona y la Vanguardia, que se dirigían al público burgués de la ciudad, y semanarios satíricos como L’Esquella de la Torratxa y La Campana de Gràcia que se dirigían a su mismo público popular, republicano y anticlerical. A estos pretendía robar lectores con el suplemento ilustrado y a los periódicos informativos con sus apuestas particulares, sus campañas.

Manuel Busquets se encontró a gusto en aquel ambiente liberal, que contrastaba con las ideas políticas defendidas por su padre como diputado conservador. La fortuna familiar de los Busquets se movería a partir de entonces en un marco ideológico distinto del centralismo y el apego a los privilegios del estado como vía de enriquecimiento. La República, el federalismo y el liberalismo económico y social serían los nuevos referentes en los que bebería Manuel Busquets durante su estancia en El Diluvio.
Un ambiente en el que también se sentía como pez en el agua el abogado de la empresa, Amadeu Hurtado, que escribía artículos con y sin firma para el periódico y gustaba de visitar su redacción, situada en unos bajos de la calle Escudillers Blancs, muy cerca de la Plaza Real. Hasta allí llegaban contínuamente ciudadanos que portaban notas con denuncias o pronunciamientos por esta causa o aquella. En la redacción apenas se les daba un vistazo y, si concernían a la vida ciudadana, se pasaban directamente a las cajas para su confección. Era una política de la casa el respeto a la libertad de los redactores y también de los lectores, aunque esto produjera situaciones paradójicas para la época, como que se defendieran puntos de vista contradictorios en sucesivas páginas del mismo ejemplar.
Otra característica del Diluvio era su tendencia a polemizar con los periódicos de la competencia. En estas ocasiones, arreciaban los adjetivos insultantes por todas las partes implicadas. Así, desde el diario El Progreso, de tendencia republicana lerrouxista, se tildaba al Diluvio de Eco de las cloacas, sobrenombre que adoptó cierta clase burguesa de Barcelona para referirse al periódico de los Lasarte.
La nota antilerrouxista fue especialmente cultivada por el que fuera director del Diluvio durante 20 años, Jaume Claramunt, de origen cubano. Sus escritos contra Alejandro Lerroux, el gran demagogo de la política española, se agruparon en un libro con el significativo título de El enemigo público numero uno de la República.
Sin embargo, en las páginas del Diluvio también encontraron sitio autores de renombre, como Azorín, Valle Inclán, Valentí Almirall, Conrad Roure, Ángel Pestaña, Roberto Castrovido o Claudi Ametlla.
La vitalidad del Diluvio fue entusiasmando a Manuel Busquets, que con su dinamismo opacaba la retraída personalidad de Manuel de Lasarte Arán. Poco a poco parecía que Manuel iba adquiriendo el control del periódico ante la pasividad de su cuñado. Fue Àngels Busquets quien finalmente hizo valer su fuerte carácter y prácticamente obligó a su hermano a salir del Diluvio. Terminó así la segunda experiencia periodística de Manuel Busquets George, que mantendría el interés por la prensa diaria.

2 comentaris:

  1. ¡Me han interesado muchísimo todas las noticias e informaciones sobre los Busquets que he tenido la oportunidad de leer en una visita rápida!
    Muchas gracias por su invitación. Tenga por seguro que volveré por aquí con más tiempo.

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  2. Me gustaria encontrar mas informacion de Los Busquets la abuela de mi abuela se llamaba Enriqueta Busquets Salomo, y mi abuela salio de España de niña por la gerra.

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