dilluns, 26 de juliol de 2010

Un fragment del capítol 8 que té molta actualitat

El Congreso de los Diputados debía aprobar en aquellos días el proyecto de Estatuto de Autonomía de Cataluña redactado por representantes de los partidos catalanes en la estación alpina de Núria.
La respuesta a las reivindicaciones de autonomía de Cataluña estaba en la agenda política de la República desde su nacimiento con la proclamación en Barcelona por Macià de la República catalana.
La actitud de la prensa de Madrid hacia las reivindicaciones catalanas fue de gran hostilidad. Heraldo de Madrid se distinguió por un punto de vista mucho más cercano a las tesis catalanas.

Sobre el estatuto catalán
No cabe duda de que las derechas monárquicas han tomado como bandera de sus aspiraciones políticas el problema de la autonomía de la región catalana, presentando como “antipatriotas” a cuantos defendemos la concesión de un régimen autonómico a Cataluña, lo más amplio posible en lo administrativo, que ponga fin a tan vieja discrepancia, agudizada en los últimos diez años de la Monarquía por la torpe política de intransigencia seguida por los Gobiernos, y muy especialmente por el dictatorial, que ofreció acceder a las demandas autonomistas en lo que tuvieran de justas al escuchar el Poder, negándose en redondo a lo ofrecido a los pocos mesos de asumirlo.
Los notabilísimos discursos pronunciados por los Sres. Ortega y Gasset y Sánchez Román en el Parlamento la semana pasada han enfocado con gran tino el tema catalán en distintos aspectos; pero no han agotado el examen del problema, ni mucho menos. Merecen tan notables disertaciones algunas apostillas.
No ofrece duda, para cuantos no queramos convertir la discusión del Estatuto en maniobra política, que es justo acceder en cuanto sea compatible con la soberanía del Estado, y no dañe a la Hacienda pública, a las pretensiones autonomistas. Puede y debe concederse una amplísima descentralización administrativa, beneficiosa para todos los españoles, no sólo para los catalanes, ya que el centralismo a ultranza, que en mala copia de Francia imperó en España desde la restauración de 1875 hasta la caída de la Monarquía, cuenta con un índice de estragos formidable sin beneficio político alguno. Basta considerar que el auge vergonzoso y asolador del caciquismo, que convirtió en caricatura el sufragio universal, tuvo como raíz vivificadora la política centralista que desde Madrid sojuzgaba el país entero.
Hay que meditar mucho en cambio lo que se haga respecto a entregas de tributos, en lo que sería conveniente modificar el dictamen de la comisión parlamentaria, sustituyendo la cesión de impuestos o contribuciones –sean los que fueren- por un canon anual fijo que el presupuesto del Estado pagaría a Cataluña por los servisios descentralizados, y que, a nuestro juicio, no debe elevarse hasta el importe total de estos servicios, ya que la autonomía no es la independencia, por lo que al conservar la industria catalana el apoyo arancelario, logrando la región el pretigio jurídico y moral que el régimen autonómico le dará, obligado fuera que la Hacienda regional soportase con sus fuentes porpias de ingresos por lo menos la mitad del costo de los servicios públicos descentralizados. Sobre esto no han hablado concretamente el señor Sánchez Román ni el Sr. Ortega y Gasset, y vale la pena meditar en tal sentido con desapasionamiento por ambas partes. Tiene mayor importancia política que cualquier elucubración filosófica o jurídica, por brillante que sea, y mucho lo han sido las de dichos diputados.
Se equivocó el Sr. Sánchez Román al suponer que el estatuto que en definitiva prevalezca en las Cortes constituyentes pueder ser modificado por el Parlamento. De este modo, la autonomía que se acuerde viviría en precario, a merced de la veleidad de o las pasiones de los diputados. Tampoco es posible comprometerse para siempre en lo que se otorgue –de no pedir la propia Cataluña la variación-, porque la experiencia puede de mostrar el error o la inconveniencia de algunas concesiones. El justo término de ponderación se halla en garantizar la estabilidad del Estatuto si la propia región autónoma no demanda su reforma por el procedimiento al efecto establecido o si el Parlamento nacional no resuelve haber lugar a ella por mayoría absoluta de las dos terceras partes del total número de sus miembros, en cuyo caso el Congreso de los Diputados que suceda al que adoptare tal acuerdo podrá determinar lo que estime conveniente sobre la modificación.
Lo dicho, por lo que afecta al seños Sánchez Román. Cuanto al Sr. Ortega y Gasset, si acertó en el diagnóstico –ni lo afirmo ni lo niego-, ha errado en absoluto en el pronóstico y en el tratamiento. Por razones filosófico-históricas sostiene el ensayista aludido que el problema catalán es antiquísimo, casi aborigen de España, y que no tiene solución, por lo que hemos de resignarnos los demás españoles a “conllevarlo” siempre.
Falta, pues, la visión “política” del asunto. Mientras la Monarquía –como ahora los periódicos monárquicos- se opuso sistemáticamente al establecimiento de toda autonomía valorable, pudo tener razón el Sr Ortega. Si ahora la República, como al principio decimos, otorga a la región catalana el máximo de cuanto se pueda conceder, debe terminar en definitiva la pugna. Si así no fuera es cuando “políticamente”, y con ventajas para todos –catalanes y no catalanes-, habría llegado el momento de estatuir la total independencia de Cataluña antes que resignarnos a “conllevar” eternamente la discordia, como si fuera un quiste incurable.

J. SÁNCHEZ RIVERA (Heraldo de Madrid, 20 de mayo de 1932)

El día de la publicación de este artículo había intervenido en el pleno del Congreso de los Diputados un viejo conocido de Heraldo de Madrid, el entonces diputado por Esquerra Republicana de Cataluña, Amadeu Hurtado.
El jurista catalán respondió también a los argumentos de Sánchez Román y Ortega y Gasset, a los que atribuyó una mentalidad monárquica que no les hizo ninguna gracia. Hurtado lo justificaba porque concebían la autonomía como una concesión en lugar de un derecho del pueblo soberanamente expresado como reconocen las repúblicas.
Pero también expuso nuevamente su visión de Cataluña como un motor político de España en los 30 años anteriores, un motor que habría transformado la sociedad española hasta llevarla al régimen republicano. La idea fue acogida con gestos de desaprobación de algunos de sus colegas de ERC, mientras causaba la empatía de los socialistas y de Alejandro Lerroux, que intervino a continuación en un tono conciliador con que corregía sus anteriores desvaríos anticatalanes.
En una sesión posterior intervino el presidente del gobierno, Manuel Azaña, con un discurso hecho desde la personalidad castellana más auténtica y en que afirmó la necesidad de reconocer la personalidad catalana.
La discusión del articulado se produjo en los meses siguientes con gran aparatosidad por la actitud obstruccionista de la oposición conservadora, que usaba tácticas dilatorias. La intervención de Hurtado, con tácticas jurídicas singulares, desarmó parcialmente el boicot. Sin embargo, el gran cambio de actitud general llegó con el pronunciamiento del general Sanjurjo el 10 de agosto, que no tuvo más éxito que provocar la unión de los republicanos.
El Estatuto de cataluña se aprobó en septiembre junto a la ley de la Reforma Agraria, que los socialistas veían como contrapartida parlamentaria a las reivindicaciones de los nacionalistas catalanes.

divendres, 16 de juliol de 2010

Una estación cubana

El 4 de noviembre de 1860, la polacra Regenerada partía del puerto de Barcelona con rumbo Sur, destino La Habana. La polacra era un tipo de embarcación común en el Mediterráneo, con gran capacidad de carga y tres palos distribuidos en sus 26 metros de eslora. La Regenerada estaba capitaneada por Francisco Sust, llevaba 13 hombres de tripulación, 11 pasajeros y una carga de vino y frutos. El diario de navegación reflejó los “acaecimientos” que cada día era relevante consignar. En cada hoja, el capitán anotaba hora por hora el rumbo que marcaba el compás, el viento dominante y otros datos de navegación. El día 41 de navegación el diario de a bordo contenía esta anotación:

“Gobernando por el rumbo anotado en la tablilla, marcamos al dar inicio a esta singladura con todo aparejo de cruz y volante de banda y banda con mar amontonada del 1º y 2º qq, atmosfera muy densa y chubascosa, a las 2 por un claro avistamos tierra por el través de babor y es la isla de Sto. Domingo, su costa del Norte y no hemos podido reconocerla bien por estar muy cargado de chubascos, al finalizar la tarde se ha despejado un poco la costa y reconocimos el cabo viejo francés y nos demora por el portalón de babor a la larga distancia a las 5,30 horas marcamos dicho cabo a S 73ºO y nos situamos en Lat 19º45’N y Lgo 63º19’O.”

Tras superar la isla de la Tortuga en Haití, la Regenerada avistó tierra cubana y anotó el paso por Punta Majona, el Yunque o Cayo Piedras antes de avistar la farola del puerto de La Habana. El 21 de diciembre, 47 días después del inicio del trayecto, un vapor remolcó al interior del puerto a la polacra catalana. Terminaba así un periplo largo y monótono con pocas comodidades y con el único aliciente para los pasajeros de anotar el estado de la mar y las variaciones del tiempo.
Así viajaban los emigrantes españoles en aquellos días en que Cuba era todavía la joya de los restos del imperio que formaba con Puerto Rico y Filipinas. La emigración catalana a Cuba era muy numeros y provenía mayoritariamente de los pueblos de costa que habían conseguido el derecho a navegar directamente a la isla a finales del XVIII, cuando se abolió el monopolio del puerto de Cádiz.
La Habana era en aquel principio del siglo XVIII una ciudad populosa, con muchas calles sin empedrar y donde se levantaba el polvo con facilidad. El calor presidía la jornada habanera y los vecinos gustaban de pasear al caer la tarde, cuando la brisa marina refrescaba las calles. Los más adinerados usaban calesas conducidas por esclavos negros que vestían pintorescos uniformes con pantalones blancos, chaqueta de un color rojo o azul y sombrero negro.
La esclavitud en Cuba formaba parte de la cotidianeidad, a pesar de que en 1820 se había firmado un tratado con Inglaterra para su abolición. La trata era más peligrosa porque los barcos ingleses acechaban a los buques negreros, se incautaban de la carga e imponían sanciones. Se dieron casos de capitanes que arrojaron al mar a todos los esclavos ante la presencia de un barco inglés. Aun así, la trata continuó estimulada también por el gran mercado del Sur de los Estados Unidos, donde también se mantenía con toda vigencia. En descargo de los españoles, se decía que el trato de los esclavos en Cuba era mejor que en la Luisiana o que en las colonias inglesas. Los esclavos, en algunos casos, podían comprar su libertad con su trabajo y comprar también la libertad de su mujer y sus hijos, así como tener propiedades.
La presencia de estos hombres negros libres sin duda inquietaba a muchos de los que creían firmemente en la superioridad de la raza blanca. Quizá por ello existía en La Habana un estado de opinión un tanto histérico en relación a la inseguridad y a la responsabilidad de los negros en la comisión de crímenes. El municipio llegó a redactar un Reglamento para regular el comportamiento de negros en el que se establecía que no podían circular de noche sin portar un farol bajo pena de multa.
Según la ubicación física o dedicación del pardo o moreno liberto recibía diversos nombres. Así, el curro del manglar era un habitante de extramuros pobre y marginal; el mataperro era un personaje que deambulaba por las calles de la ciudad y que tenía en el juego su principal debilidad; vinculados al juego estaban también el gallero y el gurrupeé, encaragado este último de ayudar al banquero en el reparto de cartas en el juego del monte, por lo que el substantivo provenga de la corrupción de la palabra francesa croupier. Pero sin duda el más célebre grupo al que se atribuían las más variadas actitudes violentas fue el de los ñáñigos. Esta sociedad secreta formada por esclavos y sirvientes del barrio de Belén pretendía poner un orden propio en un contexto opresivo y arbitrario. Los ñáñigos se comprometían a tratar humanamentes a sus propias familias y a solidarizarse con el resto de miembros de la secta cuando entraran en problemas. Por ello era un ambiente atractivo para un delincuente que buscara cierto amparo o apoyo, aunque esta no era la naturaleza íntima de la organización ñáñiga.
Los catalanes emigrados a Cuba se especializaron en el comercio minorista la mayoría y algunos al por mayor. Estos últimos fueron los que acumularon grandes fortunas, en especial cuando conseguían monopolizar el comercio de algún producto. Fue el caso de Salvador Samà, que importaba la mitad de los vinos catalanes que se vendían en Cuba o de Josep Xifré, que monopolizó el comercio de pieles.
Algunos se vincularon a la producción de azúcar en cuanto pudieron y los poco escrupulosos dieron el paso de introducirse en el comercio de esclavos para las plantaciones. Fue el caso de Josep Baró Blanxart, natural de la localidad de Canet de Mar. Los recién llegados desafiaron con su ímpetu el estado de cosas vigente en Cuba, dominada por la llamada sacarocracia criolla, las familias que habían acumulado la propiedad de las plantaciones e ingenios. El azúcar era el motor de la economía cubana y se vio enormemente reforzado con la revolución de los esclavos haitianos, que sacó del mercado al principal actor del mercado, la colonia francesa de Saint Domingue.
El empuje de los catalanes encontró un importante apoyo en el capitán general Miguel Tacón, llegado a la isla en 1834 por designación del gobierno liberal. Tacón era un ayacucho, un militar que había perdido en confrontaciones con independentistas latinoamericanos. Él había sido gobernador de Popayán, en la actual Colombia, y sufrió una derrota que le empujó hasta el virreinato del Perú. Con la herida todavía fresca, a su llegada a La Habana quiso dejar las cosas claras en la ceremonia de recepción que se le dedicó. Estaban representados los principales personajes de la ciudad y él mismo ordenó que los representantes de las familias criollas de largo arraigo y poder económico fueran situadas en segundo término. En primera fila puso a los comerciantes, catalanes muchos de ellos, que habían llegado en los últimos años y a los que los criollos llamaban despectivamentes tenderos. En la visión política de Tacón, la alianza con este sector recién llegado debía contener las aspiraciones independentistas que albergaban los criollos envalentonados por su éxito económico y por la proximidad de la naciente potencia norteamericana. Los comerciantes que se agruparon entorno al Capitán General serían conocidos con el tiempo como la camarilla de Tacón y uno de sus trazos distintivos era el acceso a negocios vinculados con la administración española, como el suministro de bienes y servicios para las tropas.
Canet de mar también era el pueblo desde el que partió hacia Cuba Gaspar Busquets Xícara, un ex seminarista que se había casado con una ex novicia, Francisca Llinàs Pla. Busquets había desempeñado el oficio de panadero con un establecimiento propio en la calle principal del pueblo. En La Habana se dedicaría a la misma actividad con la ayuda de sus hijos Josep, Mariano, Francisca, Joan y Dolores Busquets Llinàs.
Los Busquets progresaron en Cuba cuando idearon un método de elaboración del pan que lo hacía más resistente a la humedad ambiental y lo conservaba en buen estado por más tiempo. Además, elaboraban el pan a diario, lo que era una novedad en la ciudad, y tejieron una red de panaderías en La Habana que rompió el mercado preexistente. En 1862 entraron en el negocio de la importación de harina tratando directamente con vendedores de los Estados Unidos. Esto acabó de un plumazo con la competencia que trabajaba con abastecedores españoles, más lentos y más caros. El ascenso definitivo de los Busquets en el mundo del pan en Cuba lo propició la concesión del abastecimiento de pan para el ejértico español, con lo que se confirmó la vía monopolista hacia la riqueza que caracterizó a la emigración catalana. Su éxito en los negocios halló un complemento social en las responsabilidades que asumieron los hermanos Buquets en la Sociedad Benéfica para los naturales de Cataluña, que socorría a los desaventurados.

divendres, 9 de juliol de 2010

Un llibre sobre l'Heraldo i els Busquets

 

Todavía está el pueblo de Melilla bajo la impresión de los primeros momentos de pánico, aquellos en que se creía que los rebeldes entraban a saco en la plaza. Las calles, desiertas, dan un aspecto tristón a la ciudad. Sólo en el interior de alguna tienda de indio o hebreo, que permanece abierta, y en tal o cual discreto zaguán, los menos temerosos se hacen lenguas de lo ocurrido en Annual  e Igueriben, del levantamiento de todas las cabilas del Rif  y de Guelaya, de la desapatrición o muerte del comandante general Fernández Silvestre.
Se espera con vivísima inquietud e impaciencia a las tropas que llegarán pronto para defenderles de la sublevación morisca. Horas angustiosas, de terribles incertidumbres...
¿Tardarán mucho en venir los primeros soldados? Es la pregunta de unos y otros. Los que callan, refléjanla en los ojos. !Tal es el ansiedad de todos!

Es la pluma de Alfredo Cabanillas, un periodista que con 27 años fue el enviado especial de Heraldo de Madrid al protectorado español del Rif para cubrir la insurgencia local que acabaría con el llamado Desastre de Annual, en verano de 1921.
Era su primera asignación en el periódico, pues había sido admitido unos meses antes tras pasar algunas pruebas dispuestas por el director, José Rocamora. Las crónicas desde Marruecos fueron luego agrupadas en un libro que se publicó con el título La epopeya del soldado, recientemente recuperado por la Fundación Niceto Alcalá Zamora. 
El periódico al que se incorporaba Cabanillas había llegado a su punto más bajo en la larga decadencia que sufría desde años atrás. Las deudas acumuladas sumaban más de dos millones de pesetas y uno de los principales acreedores era una sociedad de Barcelona que suministraba tinta a los periódicos, Busquets Hermanos.
El hombre de negocios que era Manuel Busquets supo ver la oportunidad que se presentaba para dar alas a su inquietud por la prensa que ya había nacido en los tiempos de Pluma y Lápiz y se había confirmado con la participación en El Diluvio.
Busquets buscó consejo en su abogado de cabecera, Amadeu Hurtado, al que encargó un estudio de viabilidad de la operación. Hurtado era en aquel momento el decano del colegio de abogados de Barcelona y, según explica en sus memorias, en un principio se mostró reticente por la carga de trabajo que soportaba.
Pero el mismo estudio del caso fue entusiasmándole al tiempo que crecía una visión política de la operación. La propiedad catalana de un importante grupo de periódicos con sede en Madrid podía aportar una visión distinta a la tradicional de la capital española. Es más, en años anteriores, los periódicos del trust de Moya se habían distinguido por su beligerancia contra Cataluña, por lo que la ocasión de tomar dominio de ellos tenía un aire de revancha. Hurtado resumió su pensamiento en una sola frase:
- No se trata de ir a hacer catalanismo a Madrid como si estuviéramos en Barcelona, sino intervenir en la vida pública española pensando en catalán.